EXPOSICIÓN ACTUAL

CLAUDIO PAZIENZA

Claudio Pazienza nació en Roccascalegna, Italia, en 1962. Llegó a Bélgica un año después y estudió primero en las escuelas italo-flamencas de Eisden y luego en la Escuela Europea de Mol. En 1985 obtuvo un diploma de Etnología europea en la Universidad Libre de Bruselas, y se inició en la Fotografía y el Cine frecuentando asiduamente la Cinémathèque Royale de Bélgica.

Desde 1986 realiza y produce películas, creando en 1998 su propia sociedad, Komplot Films. Participa de manera regular en el HEAD de Génova, la FEMIS de París, La CAMBRE de Bruselas, L´école du doc de Lussas, la IAD de Lovaina, la Louis Lumière de París y otras escuelas de cine.

Tiene la nacionalidad italiana, es políglota y reside en Bruselas desde 1980. Milita por un cine del gai savoir.

Cuadro con caidas

(Tableau avec chutes)

Realización: Claudio Pazienza
Bélgica | 1997 | 103 minutos | Beta digital

Investigación sobre una imagen –el Paisaje con la caída de Ícaro de Brueghel– y de las innumerables preguntas que hace surgir. Aquí una que podría contenerlas todas: ¿qué es «mirar»?

El viaje dentro del cuadro deviene por tanto pretexto para hacer un viaje por la Bélgica del final del siglo XX, así como una manera de ramificar las preguntas en relación al ojo: ¿qué vemos desaparecer ante nuestros ojos? ¿Por qué miramos ciertas cosas? ¿Qué es un punto de vista?

Toman la palabra filósofos, desempleados, psicoanalistas, políticos… Sus testimonios se mezclan al hilo del relato con extractos más intimistas del diario que el realizador emprende de mitad de junio a mitad de octubre de 1996.

La cuestión de la mirada planteada inicialmente permite elaborar el retrato de un país tranquilo donde pasan cosas inesperadas e insospechadas…como en el cuadro de Brueghel.

GUILLERMO G. PEYDRÓ

COMISARIO DE LA MUESTRA

TABLEAU AVEC CHUTES

Cuadro con caídas, de Claudio Pazienza, propone un mecanismo de dos ensayos entrelazados: el primero, más evidente, funcionando como llave para acceder al segundo, que se muestra poco a poco como el objetivo final del experimento. El primero es un ensayo de lectura en primera persona de un cuadro, el misterioso Paisaje con la caída de Ícaro, pintado por Brueghel el Viejo hacia 1558, después perdido y conservado hoy por dos copias. El segundo es un ensayo sobre la mirada: la mirada múltiple sobre una imagen, y sobre lo que decidimos atender o ignorar de entre todo lo que pasa a diario ante nuestros ojos. El conjunto es uno de los mejores film-ensayos sobre arte de la historia del cine, en el que Claudio Pazienza demuestra que este cuadro enigmático, que pone en primer plano lo anecdótico cotidiano mientras desplaza su trágico motivo central a un último plano –apenas visible para el espectador con prisas–, es sin duda el ideal para interrogarse sobre la conexión entre el órgano de la vista y nuestras preferencias visuales, sociales, políticas.

El cuadro había sido evidenciado desde hace décadas por su cualidad cinematográfica: ya en un texto de 1946 para el primer número de la Revue du cinéma, matriz de la futura Cahiers du Cinéma, Jean Georges Auriol leía este cuadro como un precursor de la mirada cinematográfica, a la luz de las dramatizaciones de la pintura de Giotto o El Bosco realizadas por Luciano Emmer, Enrico Gras y Tatiana Grauding desde 1940. Pazienza, en todo caso, no opta por traducir a cine los travellings o panorámicas que Auriol veía implícitos en el cuadro, sino que estudia el cuadro conceptualmente, por lo que tiene de metáfora y, quizá, de acusación. Ícaro, hijo de Dédalo, escapado del Laberinto con grandes alas de cera pero demasiado imprudente para mantenerse a una altura razonable, ve sus alas derretirse y cae a morir al mar. Pazienza juega con los ecos del mito a través de puestas en escena oníricas y desconcertantes de los personajes implicados –incluida Pasífae, cuyo relato es el menos políticamente correcto de todas las Metamorfosis de Ovidio–; puestas en escena, decía, que beben del sustrato surrealista que impregna el arte belga del siglo XX, y que se cruzan con la performance y la instalación contemporáneas, incluyendo la invención de un dispositivo de casco-cámara que le permitirá una mirada expandida, con un punto de vista diferente al cotidiano. 

Pero el centro del viaje laberíntico de Pazienza es principalmente otro, que se aleja del mito, aun tomándolo como punto de partida: Pazienza se acerca a este cuadro cargado de capas y lecturas como el intérprete o catalizador de su polisemia y ambigüedad, y utiliza el cuadro como espejo en el que reflejar y radiografiar todas las miradas posibles, utilizando testimonios que van de la oftalmología a la astronomía, para conformar poco a poco una suerte de cartografía de la mirada política de la Bélgica contemporánea.

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